24 January 2022
 

20 de mayo de 2015. Autor: Padre, Raúl Ortiz Toro. Licenciado en teología patrística e historia de la teología. Maestría en Bioética, Roma, Italia. Docente, Seminario Mayor, Arquidiócesis de Popayán, Colombia.   Sentado en el confesionario he atendido a una joven de unos veinte años que me decía que su pecado hacía parte de una cadena de pecados que se remontaban a un antepasado suyo, tres generaciones atrás.

Intenté explicarle la posición de la Iglesia al respecto pero la muchacha no me creyó.

Es más, al parecer se fue con la idea de que soy incrédulo porque, según ella, constató – no sé por cuáles medios – que efectivamente su bisabuelo había desencadenado lo que ahora ella sufría.

Se acerca el Año de la Misericordia y el sacramento de la Reconciliación tendrá gran protagonismo; si bien es cierto que el promedio de católicos que se acercan a la confesión ha descendido en las últimas décadas, también es cierto que en algunos grupos ha crecido su interés, algunos hasta el punto de tergiversar un tanto la doctrina al respecto. Según una idea que está siendo difundida, las personas con pecados graves que resultan recurrentes o adicciones (alcohol, droga, sexo, aborto, envidia, codicia, hechicería, mentira, etc.), cometen estos pecados de manera casi inevitable debido a que sus ancestros cometieron estos mismos pecados dejando una especie de secuela en las generaciones futuras.

El peligro de esta falsa doctrina es que soterradamente hace que la persona que peca piense que en verdad lo hace sin mayor concurso de su voluntad porque se encuentra ante la fatalidad del destino pecaminoso que le fue señalado por sus antepasados. Una de las citas bíblicas más recurrentes para defender esta falsa posición es la de Éxodo 20,5: "Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando me aborrecen" (otras traducciones dicen: "hasta la tercera y cuarta generación") y más adelante continúa (Éxodo 20,6): "Pero actúo con lealtad y misericordia por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos".

En primer lugar, debemos leer este texto en su contexto. Esta aseveración de Dios que dice castigar el pecado de los padres en sus descendientes tiene lugar en el ámbito de la revelación de los Diez Mandamientos. Este texto corresponde a una advertencia relacionada con el cumplimiento del Mandamiento fundamental de "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas" por ello "No tendrás otros dioses..." porque "Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso". Por ello este texto debe leerse desde "la bendición de mil generaciones" y no solamente desde "el castigo hasta la cuarta generación". Esto quiere decir que si el hombre se aparta de Dios, en verdad el castigo es evidente pero limitado (cuatro generaciones), mientras que la misericordia es desbordante (mil generaciones); ya lo dirá san Pablo: "donde abundó el pecado sobreabundó la gracia" (Romanos 5,20).

El sentido de la frase: "cuatro generaciones" debe entenderse también en el ámbito del recorrido temporal del hombre: cuatro generaciones miden la vida del hombre que, "aunque viva setenta años y el más robusto hasta ochenta..." (Salmo 90,10) generalmente, alcanza a ver a sus bisnietos (cuarta generación). Si bien es cierto que un mal ejemplo en el comportamiento puede acarrear una imitación en los descendientes - así, el que se embriaga, puede tener descendientes adictos al alcohol-, sin embargo, más que pecado intergeneracional debe considerarse como "malos ejemplos" o "antitestimonio", ni siquiera como "cadena intergeneracional" pues este término también daría la impresión de ser un proceso casi indefectible. Por experiencia, sabemos que a pesar de cualquier mal ejemplo hay descendientes que no siguen los caminos pecaminosos de sus antepasados.  

SEGUNDA PARTE

A las consideraciones expresadas en el artículo anterior, sobre la manera correcta de interpretar el texto de Éxodo 20,5: “Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando me aborrecen” debemos agregar otros argumentos. En primer lugar, debemos advertir que el pecado es un acto personal donde confluye el consentimiento propio y la libertad individual para obrar el mal; también el conocimiento personal y las ocasiones que se buscan para caer en la tentación. Es decir: Yo soy el que peco, nadie peca por mí, y ninguna fuerza externa me obliga a pecar, ni siquiera el demonio; las consecuencias de mi pecado son intransferibles, es decir, yo tuve “culpa” y yo tendré una “pena” por ello. Recordemos el texto de Ezequiel 18,2: ¿Por qué andáis repitiendo este proverbio en la tierra de Israel: Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos sufren la dentera? Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que no repetiréis más este proverbio en Israel. Mirad: todas las vidas son mías, la vida del padre lo mismo que la del hijo, mías son. El que peque es quien morirá” (Ver también Jeremías 31, 30).

Pero el argumento en contra del concepto de pecado intergeneracional fue dado definitivamente por Cristo mismo. Al pasar junto a un ciego de nacimiento, los discípulos le preguntan: “Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” A lo que respondió Jesús: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Juan 9,2). Seguramente que en la época de Jesús aún se discutía qué tanta influencia ejercía el pecado de los mayores en sus descendientes; el Señor deja resuelto el tema cuando se trata de endilgarle a las antiguas generaciones la responsabilidad del infortunio presente.

Y concluyamos con un argumento no escriturístico. La genética y la neurología han confirmado que no solo se heredan de nuestros padres los rasgos físicos, o la predisposición a ciertas enfermedades, sino también ciertos rasgos del carácter. En el momento de la fecundación toda la información genética de los padres es trasmitida a la nueva creatura; por ello no es extraño que una persona herede también el estado emocional y mental: padres compulsivos, melancólicos, nerviosos, pueden engendrar hijos con estas características. Si el padre, para calmar su ansiedad, recurre al tabaco, la droga, el alcohol, el sexo, o cualquier adicción, es muy probable que el hijo, con el mismo cuadro caracteriológico, siga los mismos pasos así no haya tenido un ejemplo constante o visible de estos pecados.

No obstante, Explica el Catecismo de la Iglesia Católica (No. 1868) que a pesar de ser el pecado un acto personal “nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos: participando directa y voluntariamente; ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos; no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo; protegiendo a los que hacen el mal”. Es claro que esta especie de co-responsabilidad no tiene nada que ver con el esquema intergeneracional que ya hemos cuestionado. Allí debemos hablar, mejor, de cooperación al pecado, cuando por ejemplo la falta de autoridad de un padre hace que el hijo se hunda en un pecado que le es indiferente, como la madre que le compra los preservativos al hijo adolescente o el padre que tolera que su hijo consuma alcohol siempre y cuando sea en la casa. O también de consecuencias indirectas del pecado como el caso del hijo de un mafioso que debe cargar durante su vida con el lastre de su historia.

Pero nunca somos simples víctimas que tenemos que pecar porque nos toca o porque así lo dispuso el pecado de nuestros antepasados. Cada uno es responsable de sus propios actos y cada uno sabrá dar cuenta de sus aciertos y desafueros. Esa es la responsabilidad moral.