26 September 2016

19 Febrero 2012.  Alfonso Llano Escobar. SJ.  Periódico el tiempo. Colombia.

                La conciencia más astuta y el asesino más azabache quedan de manifiesto ante Él.

El horizonte se viene oscureciendo. La noche se echa encima con todos sus nubarrones y misterio. Las malas noticias cunden por doquier y hacen temblar hasta las 'columnas' mismas de la Iglesia. Cada entrega de los medios destapa una nueva olla podrida. Cae el dictador, cae el presidente del Banco Mundial, cae el ateo, cae la monja, cae el agnóstico, cae el cura pedófilo, caen Reátiga y Tíffano, cae el obispo auxiliar con dos hijos adolescentes, caemos todos: nadie queda en pie. "El que se crea sin pecado que tire la primera piedra", sentenció el Justo, habló el Santo. Todos caímos. Solo Él quedó en pie.

Recordemos la escena, que no puede ser más conmovedora y oportuna. "De madrugada se presentó Jesús otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?" Esto lo decían para tentarlo, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" Ella respondió. "Nadie, Señor". Jesús le dijo. "Tampoco yo te condeno. Vete en paz y en adelante no peques más". Jn 8, 2,11. Sencillamente, sublime. La escena nos presenta a la Misericordia de Dios en acción. Quedaron frente a frente: Dios y el pecador. Jesús cumplió el objetivo de su presencia en el mundo: "No vine a condenar el mundo sino a salvarlo".

Es la hora de acudir a Jesús, el Señor de la misericordia. Si el horizonte se cierra y la noche se echa encima, es la hora de volvernos hacia el Juez misericordioso. El Sol de justicia brilla para todos con un nuevo amanecer.

Hoy se celebra el convite de los pecadores. La mesa se llenó: abundan banqueros y avaros, curas y monjas, ateos y agnósticos. Allí se codean prostitutas con curas pedófilos, fariseos con jesuitas, cobradores de impuestos con miembros del Opus Dei, jefes de gobierno con tinterillos, con amas de casa y celadores: todos. Nadie queda por fuera del convite. "El que esté en pie, mire, no caiga", le advierte la Escritura. O bien, san Pablo afirma enfáticamente: "Todos pecamos y estamos privados de la Gloria de Dios. Y somos justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús". Rm 3,23-24. Y quien se crea libre de pecado, que le tire la primera piedra a Clinton, al presidente del Banco Mundial, a Reátiga, a Tíffano, a Michael Jackson o a la Madonna. El pecado nos mide a todos con el mismo rasero. Nadie es inocente. Llegó la hora de la verdad y la sinceridad. Al que todo lo ve no se le puede mentir; no es posible engañarlo. La conciencia más astuta y el asesino más azabache quedan de manifiesto ante Él, que es la luz de los corazones.

Ante este espectáculo único y conmovedor no cabe más que una reacción sensata: darse golpes de pecho y reconocerse culpable. Pedir perdón: "Señor, hemos pecado contra el cielo y contra ti. No somos dignos de llamarnos hijos tuyos. Queremos acogernos al abrazo con que recibiste al hijo pródigo. Abrazo de amor y reconciliación. Tú eres el único inocente, el único santo, el único Medianero entre Dios y los hombres. ¡Perdón, Señor!