Pastoral Universitaria supone hombres y mujeres capacitados para suscitar encuentro, convergencia y propuesta a un mundo expectante, crítico y en búsqueda como es la Universidad. Una pastoral con las Inteligencias. En la universidad transitan intelectuales, investigadores, hombres y mujeres de ciencia que buscan, desde diversos ángulos, la Verdad.
La Iglesia, a través de su pastoral en la universidad se sitúa también en búsqueda y en respuesta.
CDP Ing. Gabriel Sánchez Suárez
Tanto como estudiante como docente universitario he podido comprobar cómo la ciencia y el conocimiento racional se erigen como columnas, con la percepción de que la fe y la razón son fuerzas opuestas, excluyentes. A pesar de este sentir común, lo cierto es que la fe y la razón son aliadas que se complementan mutuamente. San Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio, nos dice que son “como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Exploremos cómo la ciencia, lejos de alejarnos de Dios, fortalece nuestra fe, inclusive cómo podemos integrar ambas dimensiones en la vida cotidiana, evitando el peligro de un racionalismo vacío que ignore el misterio divino.
Recientemente, mi hijo de 10 años me hizo una pregunta, de esas que hacen que uno como padre deje lo que está haciendo para darle la atención que amerita. Me preguntó: “¿Crees que hay vida en otros planetas?”. Por su nivel de interés decidimos investigar juntos. Descubrimos que la probabilidad de que la vida surgiera en nuestro propio planeta es extraordinariamente baja. Factores como la distancia exacta del Sol, la composición atmosférica precisa, la presencia de agua líquida, un campo magnético protector y una innumerable serie de coincidencias cósmicas hacen que la existencia de la Tierra habitable parezca un verdadero milagro estadístico.
Por ejemplo, si la fuerza gravitacional fuera ligeramente más fuerte o más débil, las estrellas no podrían formarse adecuadamente, o el universo colapsaría sobre sí mismo. Investigaciones científicas, destacan cómo el universo parece “afinadamente ajustado” para permitir la vida. Concluía mi hijo que detrás de esta fascinante improbabilidad estadística estaba Dios. No se trata de negar los procesos naturales, sino de reconocer que la ciencia revela la tremenda complejidad y el desconcertante orden que apuntan a la existencia del Creador. Esta investigación no solo fortaleció mi fe, sino que también enseñó a mi hijo que preguntar sobre el universo (ciencia) es una forma de acercarse a lo trascendente (fe).
Una frase común (atribuida a Louis Pasteur) es: “Un poco de ciencia te aleja de Dios, pero mucha ciencia te acerca a Él”. En las etapas iniciales del aprendizaje científico, es fácil caer en el escepticismo con las explicaciones racionales parecen sustituir a lo divino, reduciendo el mundo a simples procesos mecánicos. A medida que se profundiza en la ciencia, surge un sentido de asombro ante la intrincada belleza del universo. Pasteur, un católico devoto, experimentó esto en su propia vida; su fe no se debilitó con sus descubrimientos, sino que se robusteció al ver en ellos la huella de un orden superior. Muchos científicos han encontrado en sus investigaciones una vía para reafirmar su creencia en Dios, reconociendo que la razón humana, por poderosa que sea, no agota el misterio de la existencia. Inclusive, aproximadamente el 65.4% de los ganadores de premios Nobel entre 1901 y 2000 abrazaron una fe cristiana o provenían de un trasfondo cristiano.
Numerosos sacerdotes y religiosos han sido pioneros en campos científicos, demostrando que la vocación espiritual y el rigor intelectual coexisten armónicamente. Algunos testimonios destacados: Nicolás Copérnico, clérigo y doctor en derecho canónico, considerado el padre de la astronomía moderna, afirmaba que el estudio del cosmos era una forma de adorar al Creador; Georges Lemaître, sacerdote, astrónomo y físico, quien propuso la teoría del Big Bang, insistía en que la ciencia describe “cómo” ocurrió el universo, mientras la fe responde al “por qué”; Gregor Mendel, monje agustino, fundador de la genética moderna, vio en los patrones genéticos el orden providencial de Dios; Nicolás Steno, obispo, considerado el padre de la geología y la estratigrafía. Estos ejemplos no son aislados, hay muchos más, como Marin Mersenne (padre de la acústica) o Athanasius Kircher (jesuita polímata). Sus vidas refutan el mito de que la Iglesia reprime la ciencia e ilustran cómo la fe motiva la búsqueda de la verdad.
En el entorno universitario es crucial no caer en el error de creer que fe y razón son contrarias. La universidad es un espacio de formación integral, pero también de confusión como el materialismo, el relativismo y un racionalismo extremo que alejan de Dios. A pesar de ello, la ciencia auténtica no contradice la fe, la enriquece. Estudiar biología nos revela la complejidad de la vida, apuntando a un Diseñador; la física cuántica nos muestra un universo de misterios que trascienden la materia; la astronomía nos hace humildes ante la inmensidad del cosmos.
Para los jóvenes en general, mantener la fe significa integrar la razón en la vida espiritual. Participar en grupos de pastoral, leer obras relacionadas con la fe o asistir a conferencias sobre ciencia y fe puede ayudar a evitar un distanciamiento. La ciencia nos da herramientas para entender el mundo, pero la fe nos da el sentido para vivir en él. Creciendo en conocimiento, crecemos en admiración por Dios. Un caso fascinante es el del Dr. Ming Wang, renombrado cirujano oftalmólogo que creció bajo un ateísmo absoluto en China. Mientras estudiaba la muy complicada estructura del ojo humano en Harvard y el MIT, Wang se dio cuenta de que la probabilidad de que tal complejidad surgiera por azar era matemáticamente nula. Esta observación lo llevó a una profunda conversión al cristianismo. Su testimonio refuerza que la ciencia es un puente que nos permite reconocer la huella del Creador.
Fe y razón son compañeras en el camino hacia la verdad plena. Mi anécdota con mi hijo, la sabiduría de Pasteur y los testimonios de grandes científicos religiosos nos invitan a ver la ciencia como un puente hacia Dios. Descubramos que, en el fondo del vaso de la ciencia, como dijo Pasteur, Dios nos espera. Así, elevados por estas dos alas, podremos alcanzar alturas anheladas por nuestro espíritu.