3 December 2016

VARON Y MUJER LOS CREO (Génesis. 1, 27)

MARZO 2012 P. Crisóforo Domínguez Pedral Secretario Ejecutivo

Departamento de Comunión Eclesial y Diálogo CELAM

1.- Textos Bíblicos: (Génesis 1,26-28; Gén. 5,1-2; Gén. 9,6) “Creó, pues, Dios al hombre/ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (varón y hembra/macho y hembra) (Gén. 1,27)

“El día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y mujer, los bendijo, y los llamó “hombre” en el día de su creación”. (Gén. 5,1-2) Estas palabras del Génesis, sobre las que queremos reflexionar al inicio del Simposio “La Familia el mayor tesoro de la humanidad”, recogen dos verdades fundamentales sobre la persona humana: (1) es creada “a imagen de Dios”; (2) es creada como “hombre y mujer”. Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, iguales en su humanidad, con idéntica dignidad personal, y al mismo tiempo en esencial y profunda relación de hombre y mujer.

1.1. IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS

En el AT. la concepción según la cual el hombre fue creado a imagen de alguna divinidad, es común en la antigüedad (Ovid., Met. I, 183), especialmente entre los babilonios (p.ej., Guilgames I, 8os).

Analógicamente, según el relato sacerdotal Gén. 1,26: Dijo Dios/Elohim: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra…” (Retrato/reproducción; hebreo (selem”), semejante a nosotros (hebreo, “como nuestro” demut).

Según resulta de Gén. 1,27 “Dios creó al hombre a imagen suya”; Gén. 5,1-2 “El día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo y los llamó “hombre” en el día de su creación” y de Gén. 9,6 “porque a imagen de Dios hizo Él al hombre”; donde no se encuentra más que imagen (selem), es evidente que “imagen” (selem) y “semejanza” (demut) significan lo mismo: la naturaleza “elohimica” o casi divina del hombre, sin que se deba en manera alguna, espiritualizar demasiado tal concepción. Por tanto el hombre ha sido hecho a imagen de Dios, es decir persona.

Según el Código sacerdotal, la semejanza de Dios no consiste exclusivamente en la inmortalidad del alma ni en la forma del cuerpo humano. Al evitar en su relato todo antropomorfismo, muestra el autor que no se figura a Dios con apariencia humana.

El hombre es semejante a Dios (5,1) como el hijo es semejante al padre (5,3), porque conserva algo de la divinidad de su creador (cf. 2,7), sus capacidades espirituales y la gloria de su apariencia externa (cf. Sal 8.6).

Por esta razón, la vida del hombre es como un “Elohim” de segunda categoría, coronado de esplendor y de honor (e.d. de poderío y de gloria, que le circundan visiblemente); es un rey al que Dios ha colocado entre los demás seres vivos para que señoree sobre ellos (Gén. 1.28; Sal 8,7ss Eclo. 17,3).

El escrito sacerdotal no parece sospechar que el hombre haya perdido su semejanza con Dios. Sólo más tardíamente (Sab. 2,23s) se hace consistir la semejanza del hombre con Dios en la inmortalidad que le fue otorgada al ser creado y que luego el diablo le hizo perder.

Esta relación con Dios separa al hombre de los animales. Supone una semejanza general de naturaleza: inteligencia, voluntad, poder y capacidad de amar; el hombre es una persona. Pero no es igual a Dios sino semejante, porque Dios es persona divina y el hombre persona humana. Así prepara una revelación más profunda: participación, por gracia, de la naturaleza divina que hace Cristo por su encarnación, muerte y resurrección.

En el NT. La imagen (eikon) es siempre la copia y la representación visible del modelo; de ahí que en Heb. 10,1 “la ley” sea sólo “una sombra” y no “la imagen de los bienes futuros”.

Cuando Pablo describe al hombre como imagen y gloria de Dios (1Cor. 11,7), se funda en Gén. 1,27; puesto que el hombre fue creado directamente por Dios, es el representante y la gloria de su creador. Sin embargo, el hombre primero nace de un hombre terreno (Adán; Gén. 2,7) y es imagen de lo terreno, es terreno como Adán, y no celeste como el segundo hombre (Cristo; 1Cor. 15,45ss).

El cristiano, predestinado como está a ser conforme a la imagen del Hijo de Dios (Rom. 8, 29 “pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo…”, e. d., a asemejarse al Cristo glorioso; debe ostentar “la imagen de lo celeste” (1Cor.15, 49), representar e incluso a actualizar en cuerpo y alma al Cristo glorificado.

1.2.Mensaje del Libro del Génesis (Mulieris dignitatem 6)

Hemos de situarnos en el contexto de aquel “principio” bíblico según el cual la verdad revelada sobre el hombre como “imagen y semejanza de Dios” constituye la base inmutable de toda la antropología cristiana.

“Creó, pues, Dios al hombre/ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Gén. 1,27). Este conciso fragmento contiene las verdades antropológicas fundamentales:

+ El hombre es el ápice (punta superior de una cosa) de todo lo creado en el mundo visible,

+ Y el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona toda la obra de la creación;

Por lo tanto ambos son seres humanos en el mismo grado tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de Dios.

+ Esta imagen y semejanza con Dios, esencial al ser humano, es trasmitida a sus descendientes por el hombre y la mujer, como esposos y padres: “sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla….” (Gén. 1, 28).

+ El creador confía el “dominio” de de la tierra al género humano, a todas las personas, tanto hombres como mujeres, que reciben su dignidad y vocación de aquel “principio” común.

+ Conviene afirmar, desde ahora, que de la reflexión bíblica emerge la gran verdad sobre el carácter personal del ser humano: EL HOMBRE –YA SEA HOMBRE O MUJER- ES PERSONA IGUALMENTE; en efecto, ambos han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal.

+ Lo que hace al hombre semejante a Dios es el hecho de que –a diferencia del mundo de los seres vivientes incluso los dotados de sentidos (animalia = animal irracional)- sea también un ser racional (animal racionale = animal racional). Gracias a esta propiedad, el hombre y la mujer pueden dominar a las demás creaturas del mundo visible (Gén. 1,28).

1.3.Tres aspectos del hombre y mujer como persona:

1) El ser humano como persona tiene la capacidad de relacionarse con Dios (religio = religión; religere = relación). Por su naturaleza y dignidad de persona puede tener una comunicación con Dios: puede ser sujeto de la divina revelación, de hecho Dios ha tomado la iniciativa de darse a conocer y relacionarse personalmente con los hombres y mujeres en la historia de la salvación: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo….”. En efecto, cada hombre es imagen de Dios como criatura racional y libre, capaz de conocerlo y amarlo.

Por eso la persona humana es un ser religioso que puede relacionarse con Dios de manera personal a través de diversas maneras. El documento de Aparecida nos presenta como lugares de encuentro con Jesucristo a la Sagrada Escritura, la Sagrada Liturgia, la Sagrada Eucaristía, el Sacramento de Reconciliación, la oración personal y comunitaria y la misma piedad popular.

2) El segundo aspecto es la capacidad de relacionarse con las demás personas: el ser humano es un ser sociable, capaz de entablar relaciones muy personales con sus semejantes como el compañerismo, la amistad, el noviazgo y el matrimonio.

Cuando el Génesis afirma que no puede existir “solo” (Gén. 2,18) resalta que es un ser interdependiente con los demás.

3) La persona humana tiene una relación profunda con el cosmos: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla: mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra…” (Gén. 1,28) “Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien” (Gén. 1,31). Dios le participa de señorío sobre la creación y le da la potestad de ser administrador de la creación material. “El hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo…” Dios lo hace corresponsable del cuidado del cosmos y de su hábitat de toda la humanidad.

2. Hombre y Mujer.

El ser humano o la persona humana es creado como hombre y mujer: “Hombre y mujer los creó” (Gén. 1, 27b).

En el Génesis encontramos aún una segunda descripción de la creación del hombre –varón y mujer- (cfr. Gén. 2,18-25):

“Dijo luego Yahveh Dios: no es bueno que el hombre esté sólo. Voy a hacerle una ayuda adecuada… De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer (issah) porque del hombre/ varón (is) ha sido tomada...” (Gén. 2, 18. 22-23).

En la segunda descripción de la creación del hombre, el lenguaje con el que se expresa la verdad sobre la creación del hombre, y especialmente la mujer, es diverso, y en cierto sentido menos preciso; es podríamos decir, más descriptivo y metafórico, más cercano al lenguaje de los mitos conocidos en aquel tiempo. Sin embargo, no existe una contradicción esencial entre los dos textos.

El texto del Génesis 2,18-25 ayuda a la comprensión de lo que encontramos en el fragmento conciso del Génesis 1, 27-28 y, al mismo tiempo, si se leen juntos, nos ayuda a comprender de un modo todavía más profundo la verdad fundamental, encerrada en el mismo, sobre el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios, como hombre y mujer.

En la descripción del Génesis (2,18-25), la mujer es creada por Dios “de la costilla” del hombre y es puesta como otro “yo”, es decir, como un interlocutor junto al hombre, el cual se siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no halla en ninguna de ellas una “ayuda” adecuada a él. La mujer, llamada así a la existencia, es reconocida inmediatamente por el hombre como “carne de su carne y hueso de sus huesos” (cfr. Gén. 2,25) y por eso es llamada “mujer”.

El hebreo juega con la palabra “´is” = hombre/varón y su femenino “´issah” = mujer y a la letra varona/hembra. En el lenguaje bíblico, este nombre indica la identidad esencial con el hombre: “´is-´issah”, cosa que, por lo general, las lenguas modernas, desgraciadamente, no logran expresar: “esta será llamada mujer (´issah) porque del varón (´is) ha sido tomada” (Gén. 2, 25).

Los textos bíblicos proporcionan bases suficientes para reconocer la igualdad esencial entre el hombre y la mujer desde el punto de vista de su humanidad. Ambos desde el comienzo son personas, a diferencia de los demás seres vivientes del mundo que los circunda. La mujer es otro “yo” en la humanidad común.

Desde el principio aparecen como “unidad de los dos”, y esto significa la superación de la soledad original, en la que el hombre no encontraba “una ayuda que fuese semejante a él” (Gén. 2,20). ¿Se trata aquí solamente de la “ayuda”, en orden a la acción, a “someter la tierra”, (cfr. Gén. 1, 28)?.

Ciertamente se trata de la compañera de la vida con la que el hombre se puede unir, como esposa, llegando a ser con ella “una sola carne” y abandonando por esto a “su padre y a su madre” (cfr. Gén. 2,24). La descripción “bíblica” habla, por consiguiente, de la institución del matrimonio por parte de Dios en el contexto de la creación del hombre y de la mujer, como condición indispensable para la trasmisión de la vida a las nuevas generaciones de los hombres, a la que el matrimonio y el amor conyugal están ordenados: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla” (Gén. 1, 28).

2.1.Persona-Comunión.

Penetrando con el pensamiento el conjunto de la descripción del libre del Génesis 2, 18-25, e interpretándola a la luz de la verdad sobre la imagen y semejanza de Dios (cfr. Gén. 1, 26-27), podemos comprender mejor en qué consiste el carácter personal de ser humano gracias al cual ambos –hombre y mujer- son semejantes a Dios. En efecto, cada hombre es imagen de Dios como criatura racional y libre, capaz de conocerlo y amarlo.

Leemos, además, que el hombre no puede existir “solo” (cfr. Gén. 2,18); puede existir solamente como “unidad de dos” y, por consiguiente, en relación con otra persona humana. Se trata de una relación recíproca, del hombre con la mujer y de la mujer con el hombre. Ser persona e imagen y semejanza de Dios comporta también existir en relación al otro “yo”. Esto es preludio de la definitiva autorrevelación de Dios, Uno y Trino: unidad viviente en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El hombre y la mujer, creados como “unidad de dos” en su común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo, reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina. La unidad del hombre y la mujer, unidos por el amor conyugal son imagen y Sacramento de la unidad trinitaria y del amor de Dios uno y trino a la humanidad.

2.2.Diferencia Sexual.

En el plan de Dios la diferencia sexual es un elemento constitutivo del ser del hombre y de la mujer. La diferencia sexual, que no implica desigualdad, está profundamente inscrita en el ser de cada uno.

Cada uno de nosotros, hasta lo más profundo del corazón, es hombre o es mujer. «La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y espiritual (…) es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano».

Cuando la sexualidad se reduce a mero dato biológico, se corre el riesgo de “cosificarla” y “des-personalizarla”, convirtiéndola en un mero añadido exterior. A partir de ese supuesto equivocado, se habla entonces de “orientación sexual”, que cada uno podría determinar libremente. Una concepción de la persona humana que tenga en cuenta su verdad y todas las dimensiones de su ser, pone de manifiesto que no se puede elegir ser hombre o mujer, sino que la diferencia sexual nos es dada en nuestra naturaleza personal con todas sus consecuencias.

La diferencia sexual tiene también un profundo significado para la persona como imagen de Dios. En efecto, «a través de la comunión de las personas, el hombre llega a ser imagen de Dios». Lo hace en la comunión del hombre y la mujer, que implica en ambos toda la persona, alma y cuerpo. En el matrimonio, la comunión de los esposos tiene una cierta semejanza con la comunión de amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Conclusión:

El texto del Génesis, 1,1-2,4, describe la potencia creadora de Dios que obra realizando distinciones en el caos primigenio (luz, tinieblas, mar, tierra, plantas, animales) creando en fin al ser humano 'a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó'.

La segunda narración de la creación (Gén. 2,4-25) confirma la importancia esencial de la diferencia sexual. Al lado del primer hombre, Adán, Dios coloca a la mujer, creada de su misma carne y envuelta por el mismo misterio. ¿Qué significa?

El texto bíblico ofrece tres importantes indicaciones. El ser humano es una persona, de igual manera el hombre y la mujer. Están en relación recíproca.

En segundo lugar, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad o la feminidad, está llamado a existir en la comunión y en el don recíproco. Por esto el matrimonio es la primera y fundamental dimensión de esta vocación.

En tercer lugar, si bien trastornadas y obscurecidas por el pecado, estas disposiciones originarias del Creador no podrán ser nunca anuladas.

La antropología bíblica por tanto sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos.

SIMPOSIO

“FAMILIA EL MAYOR TESORO DE LA HUMANIDAD”

Callao, 03 de diciembre del 2009.

TEMA: EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS: Vocación al amor.

P. Crisóforo Domínguez Pedral

Secretario Ejecutivo

Departamento de Comunión Eclesial y Diálogo

CELAM

Cuando a Jesús le preguntaron acerca del divorcio, como leemos en Mateo 19:4-5: “¿puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?”, inmediatamente se refirió al origen de la base del matrimonio. Dijo, "¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo los hizo varón y mujer, y que dijo: "Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer; y los dos serán una sola carne?". ¿De dónde citó esto? ¡Del Génesis! En realidad, citó capítulos 1 y 2 de Génesis en el mismo versículo.

La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gén. 1,26-27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" “¡Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado…””Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero..” (Ap. 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor" (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cfr. Ef. 5,31-32).

El matrimonio en el orden de la creación

Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano por ser persona capaz de amar y ser amado. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gén. 1,27), que es Amor (cfr. 1 Jn. 4, 8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (cfr. Gén. 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. "Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla'" (Gén. 1,28).

“Dios es amor y vive en sí mismo un misterio personal de amor. Creándola a su imagen…... Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión” (FC 11). Por lo tanto el fundamento del matrimonio y de la familia es el amor conyugal. La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando este es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor (1Jn. 4,8), “el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef. 3, 15).

Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias del amor conyugal:

-Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es simple efusión del instinto y del sentimiento, sino principalmente es un acto de la voluntad libre, con pleno conocimiento, pleno consentimiento y plena libertad.

-Es un amor único, es decir, entre un solo hombre y una sola mujer, a semejanza del amor filial, del hijo a su madre es único.

-Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas.

-Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el compromiso del vínculo matrimonial.

-Es, por fin, un amor fecundo que no se agota en la comunión entre los esposos, sino que está destinado a prolongarse en los hijos suscitando nuevas vidas. “El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres” (GS n.509).

La alianza matrimonial

"La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del matrimonio... un vínculo sagrado... no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio" (GS 48,1).

La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. Creados el hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios los destinó para la relación y comunión de personas.

La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo". La mujer, "carne de su carne", su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una "auxilio", representando así a Dios que es nuestro "auxilio" (cfr. Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (cfr. Gén. 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan del Creador: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6; Gén.2, 24).

El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cfr. GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).

"La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados" (CIC, can. 1055,1).

El matrimonio bajo la esclavitud del pecado

Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal.

Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos, “la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (cfr. Gén. 3,12); su atractivo mutuo, don propio del creador “Esta vez sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (cf Gn 2,22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia “…con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y el te dominará” (cfr. Gén. 3,16b); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cfr. Gén. 1,28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cfr. Gén. 3,16-19).

Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado “Yahveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió” (cfr. Gén. 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó "al comienzo".

El matrimonio bajo la pedagogía de la antigua Ley

En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, "los dolores del parto" (Gén. 3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" (Gén. 3,19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí.

La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía prohibida de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque ella lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de "la dureza del corazón" de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cfr. Mt 19,8; Dt. 24,1).

Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cfr. Os 1-3; Is. 54.62; Jer. 2-3. 31; Ez 16,62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Mal 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor "fuerte como la muerte" que "las grandes aguas no pueden anegar" (Ct 8,6-7).

De esta manera los profetas dan nuevos pasos en el proceso de la revelación. Recuerdan sin cesar que el amor de Dios por los hombres es la razón última de su comportamiento. Pero lo inédito hasta ese momento es usar el matrimonio como signo imagen de la Alianza entre Dios y el pueblo. Dios es presentado como esposo y el pueblo como esposa. Dios es el esposo fiel que nunca falla y el pueblo es la esposa siempre amada, aunque casi siempre es infiel y a veces llega a ser una verdadera prostituta. Tan fuerte es la vinculación de la Alianza con el matrimonio, que se emplea la misma palabra, berith, para designar a ambos. El matrimonio ganará extraordinariamente con este descubrimiento. No será ya algo sin importancia, sino un verdadero misterio religioso. La mujer, poco a poco, dejará de ser vista como una cosa que se compra y se tira cuando deja de interesar al hombre, pues es amada por Dios entrañablemente. La alianza entre hombre y mujer debe reflejar el amor de Dios a su pueblo.

El matrimonio en el Señor

La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado la nueva y eterna alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por él (cf. GS 22), preparando así "las bodas del cordero" (Ap 19,7.9).

En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo -a petición de su Madre- con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf Mt 19,8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: "lo que Dios unió, que no lo separe el hombre" (Mt 19,6).

Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable (cf Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán "comprender" (cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26), y añadiendo enseguida: "`Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne'. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia" (Ef 5,31-32).

Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la de la Iglesia

Conclusión:

Los textos bíblicos ofrecen tres importantes indicaciones. El ser humano es una persona, de igual manera el hombre y la mujer. Están en relación recíproca.

En segundo lugar, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad o la feminidad, está llamado a existir en la comunión y en el don recíproco. Por esto el matrimonio es la primera y fundamental dimensión de esta vocación.

En tercer lugar, si bien trastornadas y obscurecidas por el pecado, estas disposiciones originarias del Creador no podrán ser nunca anuladas.

La antropología bíblica por tanto sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos.

Génesis 2:24,25 “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”.

Este pasaje que nos muestra el inicio de todas las cosas en la Biblia, nos muestra cómo fue el diseño de Dios incluyendo al ser humano, y lo que Dios estableció como correcto en la relación de un hombre y una mujer.

Que una vez casados, lleguen a ser una sola carne, uniéndose a través de una relación sexual, y que no se avergüencen de esa desnudez.

El matrimonio para cumplir su fin de la procreación y educación de la prole Dios y Jesucristo le dio el carácter de Alianza y Sacramento con la unidad e indisolubilidad. Fuente: Formando al laico.