12 April 2024
 

18 de febrero de 2015 Autor: Padre, Raúl Ortiz Toro. Licenciado en teología patrística e historia de la teología. Maestría en Bioética, Roma, Italia. Docente, Seminario Mayor, Arquidiócesis de Popayán, Colombia.   Ha llegado el Miércoles de Ceniza 2015 y, con él, el inicio del tiempo litúrgico de Cuaresma. La Iglesia, inspirada en el Evangelio (Mateo 6, 1-18) siempre ha recomendado para este tiempo un trípode para la ejercitación de las virtudes: Limosna, Oración y Ayuno.

Quiero detenerme sobre todo en este último; creo que el tema de la Limosna, como medio para el compartir solidario con el prójimo se canaliza muy bien a través de la Campaña de Comunicación Cristiana de Bienes, y las obras de caridad que hacemos en diversos ámbitos, sobre todo en el de la Pastoral Social. La Oración, lugar de encuentro con Dios, tiene muchos medios para expresarse, sobre todo a través de la Liturgia, la Palabra de Dios, la meditación personal.

Pero llega el Ayuno y allí sí hay problema. Hice hace poco un sondeo de sensatez entre los feligreses de la parroquia donde soy párroco y entremis cohermanos sacerdotes y llegué a la triste realidad de que el Ayuno pareciera cosa del pasado. Entre la gente, sobre todo la que no está evangelizada, hay una idea vaga y equivocada de que ayunar es simplemente “aguantar hambre” como un sacrificio “que a Dios le agrada”; dejando a un lado el alimento agradable del miércoles, pero guardándolo para el jueves en la mañana. Algunos han puesto el acento del ayuno ya no tanto en la privación del alimento sino en la privación de ciertos gustos inspirándose sobre todo en el profeta Isaías 58, 6-7: “¿No saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper todaclase de yugo. Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano”. Por este motivo el Código de Derecho Canónico (1253) permite que se sustituya el ayuno por obras de caridad y prácticas de piedad ya que el Profeta lo refiere de este modo.

La esencia del ayuno es el ofrecimiento de una privación voluntaria de un gusto particular a modo de sacrificio. Eso sí, con nuestro ayuno y nuestros sacrificios Dios no se beneficia; a propósito dice el Salmo 50: “Los sacrificios no te satisfacen… mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado Tú, Señor, no lo desprecias”. No le estamos haciendo un favor al Señor si ayunamos o nos abstenemos: los grandes beneficiados somos nosotros mismos. Detrás del ayuno y los sacrificios voluntarios hay una hermosa pedagogía que a veces pasamos por alto: La voluntad que nos mueve a privarnos de un gusto se ejercita para que cuando debamos enfrentar privaciones involuntarias sepamos también ofrecerlas y evitar la rebeldía contra Dios. La persona que hoy, voluntariamente, se priva de un alimento gustoso o de otro acto placentero, mañana, en un momento de enfermedad o de penuria no renegará si debe privarse de lo mismo. Esto se llama en el mundo de la teología espiritual: ascesis, es decir, ejercitación.

El ayuno voluntario sirve también para ponernos, al menos en una ocasión, en la situación de los que pasan hambre o incomodidades. Vivimos en una época de bienestar enfermizo que juzga las pequeñas privaciones como desgracias. La caridad no es solo dar “una fría limosna” sino “darse” a través de la solidaridad que implica tener la experiencia de la precariedad para saber cuál es la verdadera necesidad del prójimo. Precisamente, el prójimo necesitado se beneficia del ayuno: de nada serviría privarnos para acumular o para disfrutar después; al contrario, el verdadero ayuno se convierte en desprendimiento y Caridad. Y tú, ¿Hace cuánto tiempo no ayunas de verdad?