12 April 2024
 

15 de diciembre de 2014. CRISTIANOS SUPERSTICIOSOS.  Autor: Padre. Raúl Ortiz Toro. Licenciado en teología patrística e historia de la teología. Maestría en Bioética, Universidad pontificia Regina Apostolorum,  Roma, Italia. Docente, Seminario Mayor, Arquidiócesis de Popayán, Colombia.   - ¿Puede haber algo más mal visto que un supersticioso? Sí, un cristiano supersticioso; lamentablemente, debemos reconocer que una buena cantidad de cristianos son supersticiosos y agoreros.

¿Cuántos no empiezan el año nuevo con lentejas en los bolsillos, comiendo doce uvas, saliendo a correr con una maleta, poniéndose ropa interior amarilla, etc. etc.? Algunos aludirán que se trata de un particular folclore que tiene más de lúdico que de trascendental. Sin embargo, lo que está detrás de la superstición y el agüero es una afrenta directa a la Divina Providencia y a la Libertad Humana.

Quien usa un agüero pone su confianza en el hecho en sí, en la práctica del ritual, y se convence de que si no le fue bien en el año fue porque le faltó algo más: unas uvas más grandes, unas espigas más largas, unas lentejas de más. ¿Y Dios dónde queda? ¿Acaso la Palabra no dice que si el Señor provee vestido a las flores y alimento a las aves con cuánta mayor razón no nos dará lo que pidamos con fe? (cf. Mateo 6, 25-34). ¿Si reconocemos que ni la hoja de un árbol se mueve sin su poder podremos entonces decir que con un agüero vamos a mover la voluntad de Dios? Sería demasiado infantil y soberbio pensar algo así.

Por otra parte, los agüeros también ponen en entredicho la libertad humana. Si bien es cierto que Dios es Padre providente y conoce todo lo que somos y haremos, sin embargo la libertad del hombre es un santuario donde Dios ha dispuesto que se busque siempre el bien aunque no siempre sea así, ya que la bondad ha de surgir no solo de una disposición divina sino de la participación humana. La persona puede también no querer hacer el bien y allí Dios no entra a ejercer coacción. Dios nos invita a la bondad pero nunca nos obliga a practicarla.

Creer que un agüero o un hecho supersticioso ejerce un poder decisivo sobre la vida humana es reducir la libertad a mera apariencia: la vida se reduciría a un triste determinismo donde las cosas pasan como fruto de leyes preestablecidas, conexas con la práctica de un rito.

Así, por ejemplo, si salió corriendo con una maleta a la media noche del 31 de diciembre pero resulta que en abril descubre que no quiere viajar sino dedicarse mejor a otra actividad en vacaciones, ¿tendrá indefectiblemente que viajar? Seguro que no. Si pasó debajo de una escalera o vio pasar un gato negro, o cosas por el estilo, eso no le traerá mala suerte. La verdadera mala suerte se llama sugestión del mal.