24 January 2022
 

8 de abril de 2015. ¿Cara de resucitados? Autor: Pbro. Raúl Ortiz Toro. Licenciatura en Teología Patristica e Historia de la Teología - Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (Italia) - Maestría en Bioetica - Universidad Pontificia Regina Apostolorum de Roma (Italia). Docente, Seminario Mayor San José de Popayán, Colombia.   Es bastante conocida la expresión de F. Nietzsche

acerca del reclamo que hace a los cristianos cuando les pide tener espíritu o "cara de resucitados" ante la evidencia de su amargura. Algo dijo el Papa Francisco cuando expresó, muy a su estilo, en una de sus homilías en casa Santa Marta (10.05.13) que "a veces estos cristianos melancólicos tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella". Creo que nos falta ser conscientes aún más de lo que significa tener a un Dios Vivo y su consiguiente experiencia de la alegría. Iniciando por nosotros, sacerdotes, que muchas veces nuestras amarguras las descargamos en la gente; pero continuando con todos, porque a todos nos debe tocar este gozo y la verdad sea dicha, en el mundo hay mucha tristeza.

¿Qué me pone triste? Seguramente, la muerte; la escasez económica, los problemas familiares, la inseguridad afectiva, el rechazo, el paso de los años... cada uno tendrá su propia lista. El mundo de hoy tiene una gran avidez de un tipo de felicidad mal entendida como ausencia total de situaciones adversas. Miremos, por ejemplo, el ámbito de la publicidad que nos muestra una ficticia relación directa entre viajar, comer, comprar, etc. y un estado de felicidad relacionado con la sonrisa. Pero la realidad de la vida es que el paisaje de la existencia está hecho de valles y colinas. La felicidad no es una máscara de sonrisa, como el payaso que lleva su procesión por dentro pero hace reír; la felicidad es, cristianamente hablando, la seguridad de tener un punto de apoyo en cualquier situación de la vida.

"Yo sé en quien he puesto mi confianza" dice aquel Pablo encarcelado de la primera carta a Timoteo (1, 12). Ahí está el punto neurálgico del asunto: tener cara de resucitados es saber en quién hemos construido nuestra vida. Se necesita, pues, un poco de sensatez, que se va volviendo tan escasa en nuestros contextos: La Resurrección de Cristo nos enseña que la materialidad es cosa del pasado; el cielo nuevo y la tierra nueva se construyen desde aquí mismo, en las primicias de la Resurrección que experimentamos cuando a pesar de una enfermedad sabemos ofrecer el dolor, a pesar de un revés económico ponemos la confianza en la Providencia Divina, a pesar del desprecio hay Alguien que siempre nos acoge.

 

A veces pareciera que disfrutáramos el ser "infelices" ya que buscamos complicarnos la vida. Hagamos un ejercicio sencillo; la última vez que perdiste la paz, ¿cuál fue la causa? Ahora, que ha pasado tiempo, te podrías preguntar: ¿Valió la pena invertir tiempo, energía y pensamiento lamentando la situación? Cristo hace nuevas todas las cosas. Nos enseña que sus verdaderos seguidores no buscan el éxito sino la victoria. El éxito muestra solo la cara "plácida" de la moneda de la vida, la ausencia de las contrariedades; el éxito, así entendido, no es cristiano. Cristo muestra la Victoria, la realidad de la vida que se desarrolla entre la cruz y la resurrección. Ojalá en esta Pascua tengamos cara de resucitados a pesar de cualquier contrariedad.