22 September 2023
 

4 Noviembre  2012.  Nada en el mundo es comparable con un buen hogar. Hogar dice familia, dice calor, dice estabilidad, dice seguridad, dice amor. Allí encuentra digno origen el ser humano. Allí comienza la vida, la educación, la formación. (Autor: Alfono Llanos Escobar, SJ.  Fuente:  El tiempo en Colombia)

Es cierto que han fracasado muchos matrimonios: hecho lamentable, pero superable. Sea el que sea: el primer matrimonio o, si este fracasó por inmadurez, un segundo matrimonio verdadero y definitivo, construido sobre el verdadero amor: para siempre; aquí se impone la estabilidad. Hay que construirla, con los valores del verdadero amor: para siempre, y entonces surge el hogar.

Al calor de un regazo materno y de la firmeza de una figura paterna se forma la personalidad de un nuevo ser humano. Hay que darles un no rotundo a las máquinas de hijos, a los laboratorios. Es como encargar una cama a la fábrica de muebles, o comprar una bicicleta estática en el almacén de deportes. No a los laboratorios fríos, técnicos e inhumanos. No. En cambio, hay que darle un sí alegre al hogar, cálido y amoroso, que acoge a la nueva vida con los brazos de Dios. Esa primera acogida, esa primera aceptación es necesaria para la estabilidad del bebé, para su equilibrio emocional: hay que decirle sí, sea hombre o mujer, sano o enfermo -este, con mayor razón, necesita unos padres acogedores que le brinden apoyo y salud-.

El niño necesita acogida, afirmación; estos valores los aporta el hogar: unos padres unidos, responsables, dedicados al hogar. El amor mutuo de los padres da seguridad a los niños y educa sus sentimientos, sus afectos, su capacidad de amar.

La mayor responsabilidad que Dios les ha dado a los padres de familia es formar la conciencia de los niños. La conciencia es el nido de Dios, el santuario del Espíritu Santo, es la morada del amor. Allí aprenden a distinguir el bien del mal, allí saben que el sentido de la vida lo aporta la fe, la aceptación de Dios. Niños que aprenden a orar entran por el camino que lleva a Dios. La fe y el ejemplo de los padres son los que fortifican la fe del niño.

El verdadero hogar lo forma la presencia de los padres: sin ellos, ya no hay hogar sino un kínder, una escuela de infantes, un refugio de niños abandonados; todo, menos hogar. ¡Qué bello es un hogar donde los padres juegan con los niños: se echan por el suelo, gatean con ellos, los acarician, los cargan, los levantan, los besan. Educar es dar acogida, es crear valores humanos, es ayudarles a formar los primeros juicios de conciencia: respeto a los padres, acogida al hermano menor; educar es enseñarles a sentarse a la mesa todos juntos, bendecir el pan y gozar de la unión. En el hogar no debe prevalecer el ruido de aparatos electrónicos, sino la voz de los padres o el llanto del bebé.

Si los padres quieren adolescentes que no se entreguen a la droga, al sexo, al licor, denles hogar, una infancia sana, equilibrada, donde reine la paz.

Si queremos acabar con la corrupción, que los padres eduquen la conciencia de los niños en el desprendimiento de las cosas materiales y en el amor a los hermanos. Enseñarles el sentido y el manejo discreto del dinero y el uso de las cosas necesarias. Las apariencias y las marcas de lujo engañan: implican gastos inútiles que no educan, antes deforman el criterio del niño.

Si queremos una sociedad educada y responsable, formemos a los niños en el respeto a las personas del servicio: el celador, la muchacha de la cocina, el conductor. Todos somos iguales, todos somos hermanos.

No permitirles que pasen horas enteras pegados al televisor. Sobre todo, hay que alejarlos de los noticieros, que los asustan y atiborran de malas noticias. Cuantas más horas pasen los padres con los hijos en juegos y tareas, y menos con el televisor, tanto mejor: buena señal de que existe un verdadero hogar. Alfonso Llano Escobar, S. J.  Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.