“Hemos sido ungidos para sanar, acompañar y levantar”. Homilía de Mons. Orlando Roa en la Santa Misa Crismal

Durante la Eucaristía celebrada en la Catedral Inmaculada Concepción, Monseñor Orlando Roa Barbosa exhortó a los sacerdotes a renovar su ministerio, viviendo con entrega cada día. Asimismo, se dirigió a los diáconos, religiosos y laicos presentes en la celebración. A continuación encuentre el texto complete.

Queridos hermanos monseñores, sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas, religiosos, seminaristas y fieles laicos venidos de nuestras parroquias urbanas y rurales:

Hoy nuestra Iglesia arquidiocesana se reúne, en la catedral, llenos de gozo como una sola familia. Han llegado, delegaciones de las parroquias de la ciudad y de las comunidades campesinas de nuestros pueblos, todos hemos venido para contemplar a Cristo, el Ungido del Padre, para participar de manera activa, plena y consciente en la celebración de la misa crismal, que tiene profundo sentido sacerdotal y que nos lleva a expresar de manera viva el espíritu de comunión que siempre ha caracterizado a nuestra iglesia particular de Ibagué.

Muchas gracias por el esfuerzo que han hecho desplazándose desde su casa, desde su parroquia, gracias por los detalles y regalos que traen en nombre del párroco y de la comunidad al Arzobispo, siempre los entiendo como signo de afecto, gratitud y generosidad que tanto caracteriza a nuestra Iglesia particular.   

Con profunda alegría en el Señor, los invito a vivir con fe y esperanza la Misa Crismal, donde se hace visible la comunión que nos une como Pueblo de Dios.

Recordemos que en esta celebración, reunidos en torno al altar, renovamos nuestra identidad porque somos un pueblo consagrado por el Espíritu, enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a sanar los corazones heridos y a proclamar la libertad que Cristo nos ha traído.

Me refiero con especial afecto a mis hermanos sacerdotes, que renovarán sus promesas sacerdotales. Queridos hijos, perseveren con fidelidad, alegría y entrega generosa. El Señor, que los llamó, sigue caminando con ustedes. No tengan miedo de desgastarse por el Evangelio.

En la carta de los Obispos a los presbíteros de Colombia, enviada el pasado 13 de febrero les dijimos… y vuelvo a decirles: “Ante todo, gracias! Gracias por su fidelidad silenciosa, por los desvelos pastorales, por caminar con el santo pueblo fiel de Dios, incluso cuando el cansancio pesa y la realidad parece ardua…

Volvamos siempre al amor primero (Ap 2,4) a ese encuentro fundante con Jesús, que dio sentido a nuestra vocación, para “educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento” (León XIV)… Volvamos al silencio, a la docilidad para escuchar la voz del Espíritu y permitir que Cristo renueve la alegría de nuestra entrega…

Seamos sacerdotes firmes, sólidos en la identidad y valientes, porque “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de domino propio” (2Tim 1,7). No perdamos el horizonte de nuestra consagración sacerdotal. Nuestra identidad se fundamenta en la configuración real y existencial con Cristo… La Iglesia necesita “varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de si” (Leon XIV).

“Que en este tiempo de implementación del sínodo de la sinodalidad continuemos fortaleciendo el presbiterio como vínculo de comunión y fraternidad, sabiendo que nadie camina solo, ni tampoco nadie se ordena sacerdote para si mismo… “

Por favor, queridos sacerdotes… “No temamos pedir ayuda cuando se necesite ni ofrecerla a quien la requiere… Aunque nuestra humanidad sea frágil, Dios es fiel (1Cor 1,9); su fidelidad y la nuestra engendran siempre futuro. Él conoce cansancios, luchas e ilusiones; se alegra con nuestros frutos y sostiene nuestros pasos. Recuperemos nuestra espiritualidad sacerdotal que abraza la verdad profunda de la propia humanidad y la deja iluminar por Cristo”. (Algunos apartes tomados de la Carta de los obispos a los sacerdotes de Colombia en febrero 13 de 2026). Nuestra vida donada es semilla de esperanza para Ibagué, para el Tolima, para Colombia… Hoy el Señor nos envía nuevamente a iluminar un mundo que tiene sed de sentido, verdad y amor….

Seamos pastores humildes, alegres y valientes… guiados por la Palabra de Cristo, para abrir caminos nuevos en la fidelidad al servicio, a la fraternidad y a la misión encomendada. “

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos permite ver cómo el profeta Isaías proclama: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (cf. Isaías 61). No hay duda que el profeta habla del Enviado del Señor ungido por el Espíritu, con una misión de consolar, sanar y proclamar el año de gracia del Señor.

En el Salmo responsorial alabamos a Dios por haber constituido un sacerdote fiel, figura del sacerdocio de Cristo y de su cuerpo, la Iglesia.

En el texto del Apocalipsis Cristo resucitado es presentado como el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos y el Señor de todo.

Escuchamos en el Evangelio de San Lucas que Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret las mismas palabras del profeta Isaías, indicando que ese mensaje se cumple en Él.

Queridos hermanos, estas lecturas específicamente reflejan el tema central de la Misa Crismal: Cristo, ungido por el Espíritu Santo, el enviado a anunciar el evangelio y a instituir a su pueblo como un sacerdocio santo. Allí se fundamenta la misión del Obispo, del sacerdote y del diácono enviados a continuar la misión de nuestro Señor Jesucristo a lo largo y ancho del mundo entero.

Tengamos presente que en esta celebración, se renuevan las promesas sacerdotales…Se manifiesta la comunión entre obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y pueblo de Dios. Todos somos “Ungidos para servir”.

Hoy, ustedes, queridos sacerdotes, renuevan sus promesas. Sé que no siempre es fácil. Hay cansancio, incomprensiones, limitaciones humanas. Pero recuerden: el llamado no fue una decisión administrativa, fue una elección amorosa de Dios.

No dejemos que la rutina apague la pasión pastoral. No dejemos que las dificultades nos roben la esperanza. No caminemos solos. La fraternidad sacerdotal es urgente. Una arquidiócesis fuerte no se construye con individualismos, sino en comunión, con Dios, con el Romano Pontífice, con el Obispo, con los hermanos en el presbiterio y con la comunidad en general.

Ahora voy a hacer referencia especial a la bendición de los Santos óleos y consagración del Santo Crisma.

El Óleo de los catecúmenos es el aceite que se utiliza antes del Bautismo. Representa la fuerza de Dios que prepara al catecúmeno. Simboliza la liberación del pecado y del mal, y dispone el corazón para recibir la gracia del Bautismo.

Es como una “unción de preparación”, que fortalece para el combate espiritual y abre el alma a la vida nueva en Cristo.

El Santo Crisma es un aceite mezclado con bálsamo aromático, que el obispo consagra (no solo bendice). Indica consagración plena a Dios. Participación en la misión de Cristo como Sacerdote, Profeta y Rey. El buen aroma simboliza la “fragancia de Cristo” en la vida del cristiano.

Se usa en el Bautismo (unción después del agua), en la Confirmación, en la ordenación sacerdotal y episcopal… También se usa en la Consagración de altares e iglesias

Es el signo más fuerte de pertenencia a Cristo porque quien es ungido con el crisma queda marcado para siempre.

El Óleo de los enfermos se emplea en el sacramento de la Unción de los Enfermos. Es signo de consuelo, alivio y fortaleza. Manifiesta la presencia sanadora de Cristo. Une el sufrimiento del enfermo con la pasión del Señor.

No es solo para el momento de la muerte, sino para todo enfermo grave que necesita la gracia de Dios para sostenerse.

En todo caso queridos hermanos unción no es privilegio; es responsabilidad. No es honor; es servicio. Cristo fue ungido para anunciar la Buena Noticia, sanar corazones heridos, para liberar.  Esa palabra no quedó en el pasado. Se cumple hoy en Cristo. Y, por gracia, se prolonga en su Iglesia. Y valga la pena recordar también, que hemos sido ungidos y enviados a evangelizar, según el espíritu de nuestro plan de pastoral que ya va en la segunda etapa, en medio de una realidad desafiante, en un entorno con características muy particulares.

Obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, somos conscientes de que nuestra tierra tolimense conoce el esfuerzo del campesino, el trabajo honrado de las familias, el anhelo de los jóvenes que buscan oportunidades. Pero también conoce el dolor porque hay Familias fracturadas. Jóvenes atrapados por la violencia o la droga. Desempleo y pobreza golpean muchos hogares. Desconfianza y polarización política y social, corrupción que pareciera no tener freno ni límites, la violencia dejó huella y herida enorme en nuestra generación actual.

Ante esta realidad, no podemos ser indiferentes. Si hemos sido ungidos, es para sanar, acompañar y levantar.

Entendemos perfectamente que nuestras parroquias no son oficinas religiosas; son hospitales espirituales, también centros de escucha y de acogida para nuestros hermanos más necesitados. El pueblo necesita pastores cercanos, que escuchen, que visiten, que acompañen.

Queridos diáconos, tengan presente que su ministerio nos recuerda que el altar y la caridad no se separan.

Queridos religiosos y religiosas sabemos que su presencia en parroquias, en monasterios, en la penitenciaría, en colegios, ancianatos y comunidades vulnerables es un testimonio silencioso y poderoso que edifica nuestra comunidad arquidiocesana.

No desconocemos queridos laicos que ustedes son la Iglesia en el corazón del mundo. En la universidad, en el colegio, en el comercio, en el campo, en la empresa, en la política, en el ambiente médico, allí están llamados a ser luz.

Esta celebración que manifiesta la unidad en torno al obispo no es solo un gesto litúrgico; es un signo visible de comunión. Necesitamos parroquias misioneras, no cerradas en sí mismas. Necesitamos comunidades que salgan al encuentro. Necesitamos una Iglesia que escuche antes de juzgar, que acoja antes de señalar.

Antes de terminar y con mucho respeto, pero con profundo sentimientos de Pastor y Padre, permítanme dirigir unas recomendaciones claras y concretas:

A los sacerdotes

  • Sean hombres de oración diaria y profunda.
  • Cuiden su salud física, mental y emocional.
  • Practiquen la cercanía pastoral real, no solo administrativa.
  • Eviten divisiones y críticas que debilitan la comunión.

A los diáconos

  • Mantengan viva la espiritualidad del servicio.
  • Sean presencia activa en la pastoral social, en la pastoral familiar y obren siempre en comunión con el Obispo y con su párroco.

A los religiosos y religiosas, les pido que por favor,

  • No pierdan la alegría de su vocación, el carisma de su fundador.
  • Sean signos visibles del Reino en medio de un mundo que necesita esperanza.

A los fieles laicos

  • No deleguen toda la responsabilidad en el sacerdote.
  • Formen comunidades vivas y solidarias.
  • Eduquen a sus hijos en la fe con coherencia de vida.
  • Recen todos los días por las vocaciones sacerdotales y religiosas, por nuestros sacerdotes y seminaristas. Y… por favor no me suelten en sus oraciones, pidan constantemente por la santificación y protección de su Obispo.

Querida Iglesia que peregrina en esta bendita tierra de Ibagué y del Tolima: Que el Espíritu del Señor renueve nuestra unción. Cristo nos haga servidores fieles.

Que la unidad sea nuestro testimonio más creíble. Y que, fortalecidos por esta celebración, salgamos a anunciar que la esperanza no ha muerto, porque Cristo vive.

“Que María Inmaculada, Madre de los sacerdotes, y San José, custodio del Redentor, protejan y fortalezcan nuestra entrega cotidiana. Cristo Sumo y eterno sacerdote, renueve en cada uno de nosotros la gracia de nuestro ministerio, para que la obra que Dios ha comenzado en nosotros, Él mismo la lleve a feliz término” (Flp 1,6). Bendiciones para todos.

+Orlando Roa B.

Arzobispo de Ibagué

 

Departamento de Comunicaciones

Arquidiócesis de Ibagué

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